Hay una forma de violencia especialmente inquietante que puede darse dentro de organizaciones dedicadas al crecimiento personal, la psicoterapia o las relaciones humanas: una violencia fría, sofisticada y casi invisible, que rara vez necesita levantar la voz porque opera desde otro lugar mucho más difícil de señalar.
No se impone mediante explosiones evidentes de agresividad, sino a través de gestos mínimos, dobles mensajes, desplazamientos de sentido y una utilización constante del lenguaje terapéutico como herramienta de control.
Todo parece razonable, consciente, incluso amable. Y precisamente por eso resulta tan profundamente confuso para quien lo vive.
La perversión aparece cuando conceptos vinculados al cuidado, la conciencia o la regulación emocional son utilizados para desactivar el malestar legítimo de las personas y devolverles, una y otra vez, la sospecha sobre sí mismas.
La humillación adopta la forma de “devolución”; el silenciamiento se convierte en “invitar a revisar qué te pasa con esto”; la manipulación emocional se presenta como “acompañamiento”; y el maltrato queda cuidadosamente diluido en discursos sobre responsabilidad afectiva, trabajo interno o gestión del ego.
Todo sucede en una atmósfera impecablemente verbalizada donde nunca parece haber violencia suficiente como para poder nombrarla, pero sí la necesaria para erosionar lentamente la percepción, la dignidad y la confianza de quien la recibe.
Lo más cínico de estas dinámicas es que utilizan precisamente el lenguaje que debería servir para reparar el daño psicológico como mecanismo para producirlo.
La víctima no sólo sufre el abuso, sino también la imposibilidad de identificarlo con claridad, porque todo está revestido de escucha, conciencia y aparente sensibilidad emocional.
La violencia deja entonces de parecer violencia: se vuelve elegante, argumentada, terapéuticamente correcta. Y en esa sofisticación sibilina reside buena parte de su crueldad.


