El ‘abuso reactivo’ en el entorno laboral es una forma especialmente perversa de maltrato.
 
Consiste en someter a una persona a un desgaste constante mediante presiones, provocaciones, descalificaciones o conductas hostiles hasta que, finalmente, reacciona. 
 
En ese momento, la atención deja de centrarse en el origen del problema y se dirige exclusivamente a la reacción de la víctima, que pasa a ser presentada como la persona conflictiva, agresiva o incapaz de gestionar sus emociones. 
 
De este modo, se invisibiliza el sufrimiento acumulado y se distorsiona la realidad de los hechos.
 
Cuando estas dinámicas se producen dentro de una organización dedicada a la psicoterapia y las relaciones humanas, la gravedad es aún mayor.
 
No se trata de un entorno cualquiera, sino de un espacio que fundamenta su actividad en el conocimiento del comportamiento humano, el cuidado emocional y la construcción de relaciones saludables. 
 
La situación resulta aún más grave cuando estas dinámicas no son consecuencia de actuaciones aisladas, sino que emanan de la propia cultura organizativa, de las relaciones de poder que se establecen y de una forma de funcionamiento que favorece la presión, la culpabilización y la invalidación de quienes cuestionan o expresan su malestar. 
 
En estos casos, el abuso deja de ser una excepción para convertirse en un resultado previsible del sistema. La institución no solo incumple los principios que proclama, sino que corre el riesgo de instrumentalizar el propio lenguaje del cuidado, la salud emocional y las relaciones humanas para justificar o encubrir dinámicas que generan daño. 
 
El impacto sobre trabajadores y colaboradores es profundo, pero también lo es el deterioro de la credibilidad ética de una organización cuyos valores declarados entran en conflicto con las experiencias que produce en la práctica.