Es frecuente oír hablar del carácter o ego como ese conjunto de mecanismos de defensa que lo constituyen.

Esos mecanismos son la respuesta que pudimos poner en nuestra infancia, frente a estímulos negativos -invalidaciones, agresiones, manipulaciones, sobrevaloraciones, entre otras-, que fueron generadores de angustia. A veces esos estímulos nos llegaron sin esperarlo, a veces como consecuencia de algo que mostramos (¡no llores!, ¡no hagas ruido!, ¡sonríe que estás más guapa!)

Eso nos transmitió la creencia de que había algo en nosotros que era malo, inadecuado, negativo y, por lo tanto, era “nuestra culpa” que los adultos nos ofrecieran esos estímulos. Como niños -y, por lo tanto, individuos en construcción-, nuestro repertorio de posibles respuestas era sumamente limitado, no disponemos aún de capacidades físicas, emocionales ni cognitivas suficientes para elaborar cuál escoger. Esto nos deja en manos de lo puramente instintivo y de ahí saldrá lo que haremos con nosotros mismos para no sentir la angustia. Y dadas las limitaciones de ese momento, la respuesta adoptada fue la mejor que podíamos poner con lo que teníamos.

El problema es cuando, además, somos sometidos a una elevada repetición de esas situaciones (¡no llores!, cada vez que se me ven las ganas de llorar); poco a poco esas respuestas se van quedando fijadas en nuestro psiquismo hasta convertirse en automatismos, y es esa fijación lo que convierte la respuesta en un mecanismo de defensa, lo funcional en disfuncional.

Lo neurótico no es la respuesta adoptada; lo neurótico es la fijación, la pérdida de capacidad de variación o alternativas de respuesta. Esto, a su vez, conlleva la interrupción del crecimiento, del desarrollo de nuevos recursos de respuesta, quedándonos atrapadxs en esa única respuesta infantil; ahí dejamos de madurar.

Los Terapeutas corporales que seguimos las ideas de Wilhelm Reich entendemos que eso tiene un correlato corporal, que consiste en una tensión muscular asociada a la respuesta emocional; esto, a su vez, nos lleva a una contracturación de esa musculatura de forma crónica, fruto de esa tensión repetida y sostenida. Un músculo contracturado, rigidizado, sufre una pérdida inevitable de flexibilidad, elasticidad, espontaneidad, expresividad. Y eso mismo sucede a nivel psíquico y emocional, esas respuestas fijadas son como contracturas del psiquismo y de la emoción, con las mismas pérdidas y restricciones que los músculos.

La neurosis, desde la mirada humanista, no es una patología, es una estructura disfuncional construida como consecuencia de estos procesos que nos llevan a fijar todo un conjunto de respuestas que actúan a modo de “disco rayado”, siempre se repiten. Y esto nos convierte en adultos con toda nuestra capacidad de respuesta inalterada (sea cual sea el estímulo que recibamos, siempre pondremos una respuesta); lo que queda sumamente deteriorado es el repertorio de respuestas disponibles. 

La terapia es el espacio en el que podemos darnos cuenta de todo esto y comenzar, a partir de ahí, a desarrollar y ampliar nuestro repertorio, dándonos las condiciones de crecimiento que no tuvimos en su momento.

Un ser maduro es aquel que dispone de un amplio repertorio de recursos para elegir en cada situación la respuesta más adecuada posible ante lo que la vida le propone.