Las escuelas dedicadas al crecimiento personal suelen sostener un discurso basado en el cuidado, la conciencia y el desarrollo humano.

Sin embargo, quienes forman parte de ellas desde la docencia o la tutoría conocen una realidad mucho más compleja: una labor de enorme responsabilidad que trasciende con creces las horas lectivas y que incluye acompañamiento, seguimiento, gestión de conflictos, disponibilidad constante y una implicación emocional difícil de cuantificar. Un trabajo que, en demasiadas ocasiones, ni se remunera ni se reconoce.

A ello se suma una expectativa silenciosa de sostener al alumnado a toda costa. Aunque en ocasiones se hayan admitido personas cuyo perfil no era el más adecuado para este tipo de procesos, la responsabilidad de que permanezcan en la formación parece recaer, de forma más o menos implícita, sobre quienes las acompañan. El mensaje rara vez se expresa de manera directa, pero acaba instalándose como una presión constante que condiciona el ejercicio profesional.

Todo ello configura una dinámica sutil, difícil de señalar precisamente porque no se manifiesta de forma abierta. No hay imposiciones explícitas, sino expectativas permanentes; no hay reproches directos, sino la sensación de que cuestionar estas prácticas puede interpretarse como una falta de compromiso. Es un modo de funcionamiento que, bajo una apariencia amable, desplaza responsabilidades y normaliza esfuerzos que exceden, con mucho, lo razonable.

Quizá por eso estas dinámicas resultan tan difíciles de identificar. No responden al modelo clásico de una organización autoritaria, sino a formas de funcionamiento mucho más sofisticadas, en las que la presión rara vez adopta la forma de una orden. Se ejerce a través de la cultura interna, de aquello que se espera sin necesidad de decirlo y de los comportamientos que terminan premiándose o penalizándose de manera implícita.

Precisamente por esa sutileza, quienes las viven suelen tardar mucho tiempo en ponerles nombre. Mientras tanto, el sobreesfuerzo, la disponibilidad permanente y la asunción de responsabilidades ajenas dejan de percibirse como excepciones para convertirse en parte de la normalidad cotidiana.

Quienes colaboran en estas organizaciones terminan comprendiendo que aceptar estas condiciones parece formar parte del precio de seguir perteneciendo al proyecto, de ser tenidos en cuenta y de conservar un espacio dentro de la estructura.

Y quizá esa sea la forma más sutil de maltrato organizacional: aquella que no necesita imponerse porque consigue que las propias personas acaben sintiendo que no tienen otra opción que asumirla.