Hablar de las heridas de trauma en hombres gays implica hablar de un sufrimiento que, en muchas ocasiones, no nace de la orientación sexual en sí misma, sino de todo aquello que una persona puede haber tenido que vivir por ser quien es. Rechazo familiar, bullying, discriminación, violencia, miedo a mostrarse, aislamiento, vergüenza o la necesidad de ocultar una parte importante de uno mismo pueden dejar huellas profundas. No siempre se trata de grandes acontecimientos traumáticos claramente identificables. A veces son años de pequeños rechazos, comentarios, burlas, silencios, miedo a ser descubierto o sensación de no encajar. La psicología habla de estrés de minoría para referirse precisamente al impacto acumulativo que pueden tener el estigma, la discriminación, la violencia y la necesidad de ocultar la propia identidad. Sabemos que este estrés se relaciona con mayores problemas de salud mental en las personas LGTBIQA+.

Estas experiencias pueden convertirse en verdaderas heridas de trauma, aunque la persona no las identifique como tales. Y esto es especialmente importante. Cuando pensamos en trauma solemos imaginar un acontecimiento concreto y evidente: una agresión, un abuso, un accidente o una situación extrema. Sin embargo, también podemos encontrar experiencias de trauma complejo, especialmente cuando las situaciones de rechazo, inseguridad, estigma o falta de aceptación se repiten a lo largo del desarrollo y afectan de manera continuada a la forma en que una persona se percibe a sí misma y se relaciona con los demás. En el caso de muchos hombres gays, crecer sintiendo que hay algo en uno mismo que debe esconderse, que determinadas formas de ser pueden provocar rechazo o que mostrar quién eres puede hacerte perder la aceptación o la seguridad puede tener consecuencias profundas. No hablamos necesariamente de un único acontecimiento traumático, sino del efecto acumulativo de experiencias que, mantenidas en el tiempo, pueden afectar a la autoestima, la regulación emocional, la confianza y la capacidad para sentirse seguro en los vínculos.

La persona puede llegar a la edad adulta pensando que «ya lo superó» porque no existe un recuerdo concreto al que atribuir su malestar. Sin embargo, esas experiencias pueden seguir apareciendo en forma de miedo al rechazo, hipervigilancia, dificultad para confiar, necesidad de agradar, vergüenza, problemas de autoestima, dificultad para poner límites o una sensación persistente de no ser suficiente. Incluso puede haber aprendido a desconectarse de lo que siente para poder seguir adelante. Y cuando estas heridas permanecen invisibles, es fácil que la propia persona piense que el problema está en ella, cuando muchas veces está reaccionando a años de experiencias que tuvieron un impacto real sobre su manera de verse y relacionarse con el mundo.

Esta acumulación de experiencias puede tener consecuencias importantes sobre la salud mental y, en algunos casos, llegar a expresarse en forma de desesperanza o ideación suicida. Los datos ayudan a dimensionar la magnitud de este problema. Un metaanálisis internacional publicado en European Journal of Medical Research encontró que, entre hombres que tienen sexo con hombres, alrededor del 21 % había experimentado ideación suicida y un 12 % había realizado algún intento de suicidio. En los estudios europeos incluidos, la prevalencia estimada de intentos fue del 11 %. Estas cifras no significan que ser gay conduzca al suicidio. Lo que muestran es que, cuando a lo largo de la vida se acumulan discriminación, estigma, rechazo, aislamiento y otras formas de estrés minoritario, el impacto sobre el bienestar psicológico puede llegar a ser muy grave. Por eso, hablar de trauma y de sus consecuencias no consiste únicamente en hablar de recuerdos dolorosos: también implica comprender cómo esas experiencias acumuladas pueden afectar a la forma en que una persona regula el sufrimiento, construye su autoestima y afronta momentos de crisis.

Además, en algunos hombres gays existe una relación compleja con la masculinidad, el deseo y la propia imagen. Aprender desde muy joven que determinadas formas de ser, sentir o expresarse «no son de hombres» puede generar una lucha interna difícil de detectar desde fuera. Muchos hombres gays han aprendido, desde la infancia o la adolescencia, a controlar determinados gestos, palabras, maneras de vestir o formas de expresar afecto para evitar llamar la atención o ser señalados. A veces ni siquiera existe un recuerdo concreto de haber sido rechazado: basta con haber percibido que determinadas formas de comportarse eran objeto de burla o desprecio para empezar a corregirse a uno mismo. De esta manera, algo tan natural como expresarse puede convertirse en un ejercicio constante de vigilancia.

Con el tiempo, esa vigilancia puede transformarse en una exigencia interna muy difícil de reconocer. Puede aparecer la necesidad de demostrar constantemente que uno es suficientemente masculino, fuerte, seguro, atractivo o independiente. En algunos casos, esto lleva a desconectarse de la vulnerabilidad y de las propias necesidades emocionales, porque mostrarlas puede vivirse como una amenaza a la propia imagen. El hombre puede aprender a no pedir ayuda, a no mostrar tristeza, a resolverlo todo solo o a esconder aquello que le hace sentirse inseguro. Y cuando la vulnerabilidad no tiene un espacio donde expresarse, el sufrimiento puede quedarse encerrado durante mucho tiempo.

A esto pueden sumarse experiencias de rechazo afectivo, homofobia interiorizada, miedo a la intimidad, relaciones marcadas por la inseguridad o una necesidad constante de validación. Algunas personas buscan en las relaciones, en el sexo, en las aplicaciones o en la propia imagen corporal una confirmación de que son deseables, aceptadas o suficientemente valiosas. Otras pueden hacer justo lo contrario: evitar el vínculo, mantener una cierta distancia emocional o abandonar las relaciones cuando empiezan a sentirse demasiado expuestas. En ambos casos puede existir una dificultad para sentirse seguro en la intimidad. No significa que estas conductas sean necesariamente problemáticas ni que todos los hombres gays las experimenten, sino que pueden convertirse en formas de gestionar heridas emocionales que no siempre somos capaces de identificar.

Muchas personas llegan a la edad adulta funcionando aparentemente bien mientras llevan años sosteniendo estas heridas. Tienen trabajo, relaciones, vida social y aparentemente «todo en orden», pero viven con una sensación persistente de no ser suficientes, de tener que demostrar algo o de no poder relajarse completamente siendo quienes son. Por eso es tan importante entender que el trauma no siempre se presenta como un recuerdo doloroso o como algo que la persona identifica conscientemente. A veces aparece en la forma en que nos relacionamos, en lo que toleramos, en aquello que necesitamos demostrar, en nuestros miedos o incluso en la dificultad para saber qué queremos realmente. La herida puede estar presente sin que seamos conscientes de que existe.

Por eso, hacer un proceso de psicoterapia puede ser una herramienta fundamental. No se trata únicamente de acudir a terapia cuando aparecen pensamientos suicidas, ansiedad o depresión, sino también de poder comprender de dónde vienen determinadas formas de sentir y relacionarse. Un proceso terapéutico afirmativo y sensible a las realidades de los hombres gays puede ayudar a identificar esas heridas, trabajar la vergüenza y la culpa, reconstruir la autoestima, desarrollar recursos para regular las emociones y establecer relaciones más seguras. También permite diferenciar quién soy realmente de todas aquellas ideas negativas que pude aprender sobre mí a lo largo de mi historia.

Pedir ayuda no significa ser débil ni estar «roto». Al contrario: puede ser el comienzo de dejar de sobrevivir en soledad y empezar a construir una relación más amable con uno mismo. Y cuando existe ideación suicida, es especialmente importante buscar ayuda profesional cuanto antes y no afrontar ese sufrimiento en silencio. La psicoterapia puede formar parte de ese camino, junto con el apoyo de personas de confianza y, cuando sea necesario, la atención de los servicios sanitarios especializados.