Las denominadas terapias de conversión son un conjunto de prácticas, intervenciones o supuestos tratamientos que tienen como objetivo modificar, reprimir o eliminar la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género de una persona.

Aunque quienes las promueven suelen presentarlas como procesos de ayuda, asesoramiento o crecimiento personal, el consenso científico es contundente: no existe ninguna evidencia de que puedan cambiar la orientación sexual o la identidad de género de una persona. Por el contrario, parten de una premisa errónea y estigmatizante: considerar que ser lesbiana, gay, bisexual o trans es un problema que necesita ser corregido.

Estas prácticas pueden adoptar formas muy diversas. En algunos casos consisten en falsas terapias psicológicas, mientras que en otros se desarrollan en el ámbito religioso mediante retiros, sesiones de oración, exorcismos, ayunos o programas de «sanación espiritual». También existen organizaciones y particulares que ofrecen cursos, mentorías o acompañamientos dirigidos a «superar» la homosexualidad o la transexualidad. En muchos casos, las personas que acuden lo hacen bajo una fuerte presión familiar, social o religiosa, especialmente cuando son adolescentes o jóvenes que temen el rechazo de su entorno.

Los efectos de las terapias de conversión pueden ser profundamente dañinos. Numerosas investigaciones han relacionado estas prácticas con un incremento de la ansiedad, la depresión, el sentimiento de culpa, la vergüenza, el aislamiento social y la pérdida de autoestima. Muchas personas desarrollan síntomas de estrés postraumático tras haber sido sometidas a procesos prolongados de manipulación emocional o espiritual, y los estudios muestran un mayor riesgo de autolesiones e ideación suicida entre quienes han vivido estas experiencias. El daño suele agravarse porque el mensaje que reciben es que una parte esencial de su identidad es inaceptable o incompatible con una vida plena.

Frente a estas prácticas, la psicología y la psiquiatría basadas en la evidencia defienden un enfoque completamente distinto. El objetivo de un buen acompañamiento terapéutico no es cambiar quién es la persona, sino ayudarla a comprenderse, aceptarse y desarrollar recursos para afrontar el sufrimiento que puedan generar el rechazo social, la discriminación o los conflictos familiares. La terapia afirmativa, respaldada por las principales organizaciones profesionales, ofrece un espacio seguro donde la persona puede explorar su identidad sin presiones, fortalecer su autoestima y construir relaciones saludables desde el respeto a su diversidad.

La situación legal de las terapias de conversión ha evolucionado de forma significativa en los últimos años, aunque sigue siendo muy desigual en el ámbito internacional. Países como Canadá, Francia, Alemania, Nueva Zelanda o Bélgica han aprobado normas que prohíben estas prácticas, especialmente cuando afectan a menores de edad. Sin embargo, en muchos otros Estados todavía no existe una regulación específica o las prohibiciones son parciales, lo que permite que continúen desarrollándose bajo distintas denominaciones.

En España, la protección frente a estas prácticas se ha reforzado con la aprobación de la Ley 4/2023 para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI. La norma prohíbe expresamente las terapias de conversión y las considera una infracción administrativa, incluso cuando exista un aparente consentimiento por parte de la persona afectada, al entender que este puede estar condicionado por situaciones de vulnerabilidad o presión. Además, varias comunidades autónomas ya habían incorporado anteriormente esta prohibición en sus respectivas leyes LGTBI.

En definitiva, las terapias de conversión no solo carecen de eficacia, sino que representan una práctica contraria a la evidencia científica y a los principios éticos de la atención sanitaria. Cada vez más instituciones, profesionales y organismos internacionales coinciden en que la labor de la psicología no consiste en modificar la orientación sexual o la identidad de género de las personas, sino en acompañarlas para que puedan vivirlas de forma saludable, libre y plenamente integrada en su proyecto de vida.