El acoso laboral sostenido puede generar una respuesta de estrés crónico que altera el equilibrio neuroquímico del organismo. 
 
La exposición continua a situaciones de humillación, desvalorización, aislamiento o presión psicológica activa de manera persistente el sistema nervioso y el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, aumentando la liberación de cortisol y adrenalina. 
 
Como consecuencia, la persona puede presentar sintomatología ansiosa caracterizada por hipervigilancia, sensación constante de amenaza, irritabilidad, inquietud, dificultad para relajarse, insomnio, taquicardia y problemas de concentración o memoria.
 
Cuando esta situación se prolonga en el tiempo, el desgaste fisiológico y emocional afecta neurotransmisores vinculados al estado de ánimo, como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina. 
 
Esto puede favorecer la aparición de síntomas depresivos tales como tristeza persistente, apatía, pérdida de motivación, sensación de inutilidad, llanto frecuente, aislamiento social y disminución de la capacidad para experimentar placer. 
 
A nivel cognitivo, suelen aparecer pensamientos negativos recurrentes, baja autoestima y sensación de incapacidad para afrontar las demandas laborales y personales.
 
El mantenimiento de este estado de alerta y sufrimiento psicológico produce además un importante agotamiento físico y mental. 
 
La persona puede experimentar fatiga intensa, sensación de “no poder más”, cefaleas, tensión muscular, alteraciones digestivas y una marcada disminución del rendimiento laboral. 
 
Este agotamiento responde al sobreesfuerzo adaptativo del organismo frente a un entorno percibido como hostil, generando una desregulación neuroquímica que impacta tanto en la salud emocional como en el funcionamiento físico general.